Experiencia onsen
Todo lo que hace que un baño termal en Japón sea una experiencia en su propia categoría

El agua está a 30ºC, no hay ningún ruido salvo el del vapor, y durante un buen rato no hace falta pensar en nada más que en quedarse ahí. Así se siente la primera vez que uno se mete en un onsen (温泉) -el baño termal tradicional japonés- después de un día entero caminando por alguna ciudad.
Existen gracias a algo que en cualquier otro contexto sería mala noticia, y es que Japón está asentado sobre una de las zonas con mayor actividad volcánica y sísmica del planeta. Esa misma energía que genera terremotos, calienta el agua subterránea y la carga de minerales, dándole a cada onsen su propio color, olor y textura.
Pero no cualquier agua caliente es considerada onsen. Para que el agua pueda certificarse como tal, la temperatura debe ser de por lo menos 25ºC, según la ley japonesa de aguas termales. Además, debe contener una cierta cantidad de minerales reconocidos por esa misma normativa. El azufre, en particular, es uno de los componentes más comunes, y también el responsable del olor intenso y característico que se nota al acercarse al agua.

Los onsen se encuentran en espacios privados como spas, hoteles y alojamientos tradicionales japoneses, y en espacios públicos con acceso mediante pago. En un principio eran mixtos y se utilizaban como lugar de socialización y relax. En la actualidad lo común es que los baños se dividan por género y que haya opciones al aire libre o en espacios cerrados.
Antes de meterse al agua hay que quitarse toda la ropa y ducharse a fondo. Tampoco se puede ingresar con la toalla puesta, esta se puede dejar afuera o apoyar en la cabeza. Además, si hay tatuajes, muchas veces hay que cubrirlos. En Japón, la hay una asociación histórica de estos con la yakuza, el crimen organizado, y esa desconfianza todavía persiste en varios establecimientos, aunque cada vez menos en zonas turísticas.
En hoteles, es habitual que ofrezcan kimonos de algodón, yukata, para desplazarse de las instalaciones de agua a la habitación. En pueblos termales ver personas recorrer las calles con ellos puestos es parte del paisaje. En caso de que la temperatura del agua resulte agobiante, siempre hay una canilla de agua fría disponible. Además, una vez finalizada la experiencia, los establecimientos ofrecen duchas y espacios de descanso.
Después está el detalle que más sorprende la primera vez, al salir es común ver a la gente tomando una botellita de leche fría comprada en una máquina expendedora que suele estar justo a la salida del vestuario. La costumbre viene de la necesidad de rehidratarse después del calor del baño, y con el tiempo se volvió parte del ritual en sí mismo, casi tanto como el baño.
En un país que se mueve con tanta precisión, el onsen es de los pocos lugares donde no hay nada que lograr. Solo el agua, el silencio, y el cuerpo dejando de apurarse por un rato.
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